Llevo más de dos años viendo esto de cerca. Aquí lo cuento
Qué es de verdad una empresa agéntica, por qué la palabra ya suena a folleto y qué vas a encontrar en esta web cada día laborable.

En esta lectura
De la radio en Asturias a esto
Antes de opinar, conviene decir desde dónde. Empecé como técnico de infraestructura y radio en Asturias, en un equipo de I+D+i, y desde entonces llevo más de quince años en tecnología y telecomunicaciones: grandes cuentas, consultoría de sistemas, monitorización, soporte.
Los últimos años los he pasado dirigiendo operaciones de soporte técnico y un call center técnico, llevando la activación de altas con los equipos de campo y, después, como Product Owner de la plataforma con la que se gestionan los servicios internos. Hoy me dedico a la transformación de la empresa con inteligencia artificial: coger un caso de uso y llevarlo hasta producción, que es donde se ve si aguanta.
Lo cuento porque explica desde dónde miro todo esto. Casi nada de lo que sé lo aprendí en una presentación: lo aprendí con gente delante. Clientes enfadados a las once de la noche, técnicos en la calle esperando una respuesta, compañeros que llevaban tres semanas haciendo a mano algo que nadie se había parado a mirar. Me interesa la tecnología por lo que le cambia a esa gente, no por lo que promete en un escenario.
Y llevo más de dos años metido en la IA a diario. En ese tiempo parece que han pasado diez. He visto crecer herramientas que al principio no hacían casi nada: Cursor, ChatGPT cuando apenas servía, Anthropic cuando era básicamente un buscador. Fui de los primeros en ponerme a programar hablando, cuando aún sonaba a broma. Y he visto cómo cambiaba entera la empresa donde trabajo.
Un agente no es un chat que contesta bonito
Cuando alguien me suelta «empresa agéntica» en una reunión, lo primero que quiero saber es qué entiende por ahí, porque la palabra ya viene con folleto incluido.
Mi definición de trabajo es sencilla. Un asistente responde: le preguntas y te devuelve texto. Un agente da pasos: consulta un dato, lo compara, prepara una acción y, si le has dejado, la ejecuta. La diferencia no es la inteligencia, es el permiso. Un agente puede tocar cosas.
Y ahí está todo el asunto. Una empresa agéntica no es la que tiene un chat en la web. Es la que ha decidido, con nombres y apellidos, qué pasos puede dar un sistema solo, cuáles tiene que pasar por una persona y cómo se comprueba después que salió bien. Si no hay esa decisión escrita en algún sitio, lo que hay es un experimento simpático, no una forma de operar.
Usar un asistente para redactar correos no te convierte en empresa agéntica, igual que tener una hoja de cálculo no te convertía en empresa digital. Y no pasa nada por estar ahí: la mayoría estamos en algún punto del camino.
Una de cada cinco, y creciendo deprisa
Para no quedarme en la impresión, un dato que se puede comprobar. En 2025, el 20,0 % de las empresas de la Unión Europea con diez o más empleados usaba tecnologías de inteligencia artificial en su negocio. Un año antes era el 13,5 %. 1
Son seis puntos y medio en doce meses, y conviene leerlos con cuidado. Eurostat pregunta por «usar tecnologías de IA», no por «tener agentes trabajando con permisos». Dentro de ese 20 % cabe desde una empresa que ha automatizado medio departamento hasta otra donde tres personas usan un generador de textos por su cuenta. Las diferencias entre países son enormes: Dinamarca iba por el 42,0 % y Rumanía por el 5,2 %. 1
Un detalle que explica bastantes conversaciones de despacho: el 55 % de las empresas grandes usaba IA, frente al 30 % de las medianas y el 17 % de las pequeñas. El uso más frecuente, entre quienes la usan, es marketing y ventas. 2
Me quedo con dos lecturas. La primera, que esto ya no es minoritario. La segunda, que la mayoría todavía no ha empezado, así que nadie llega tarde.
Dónde se rompe esto en la práctica
Lo que más me interesa de los agentes no es lo que hacen bien, es dónde se rompen. Y se rompen casi siempre en el mismo sitio: en el límite entre proponer y ejecutar.
Un agente que redacta el presupuesto y te lo deja para firmar es un ahorro de tiempo con riesgo casi cero. El mismo agente enviando ese presupuesto al cliente es otra cosa completamente distinta, aunque el cambio en el código sean dos líneas. La pregunta empresarial no es «¿puede hacerlo?», es «¿qué pasa el día que lo haga mal y nadie mire?».
Por eso las piezas de esta web van a insistir tanto en tres cosas poco glamurosas: qué permisos tiene el sistema, cuánto cuesta mantenerlo encendido y quién revisa el resultado. Las demos no fallan nunca. El martes por la tarde, sí.
Y hay una parte que se cuenta poco: casi todo lo interesante que está pasando ahora mismo es código abierto y se instala en una tarde. No hace falta un proyecto de doce meses para probar si una idea aguanta.
Qué vas a encontrar aquí cada día
Una pieza por día laborable. Sin fines de semana, sin relleno, sin resúmenes de resúmenes.
Habrá noticias: algo ha salido, esto es lo que hace de verdad, esto es lo que todavía no hace. Habrá análisis: algo ha pasado y merece la pena entender por qué afecta a una empresa que no se dedica a la tecnología. Y habrá recursos: una herramienta, un comando, un repositorio, con su caja «Guárdalo» y el enlace al original, para que no dependas de mi resumen.
Lo que no vas a encontrar: predicciones redondas, cifras sin fuente y ese tono de informe que no dice nada en trescientas palabras. Cuando una cifra venga de quien fabrica el producto, lo diré. Cuando no haya podido comprobar algo, también. Y cuando me equivoque, que me pasará, lo corregiré aquí.
Escribo para quien dirige una empresa, para quien la ha montado y para quien trabaja dentro de ella. No hace falta saber programar. Los ejemplos van a salir tanto de una empresa de software como de una gestoría, un hotel o un taller, porque es ahí donde esto se nota o no se nota.
Mi lectura
Lo que me tiene enganchado no es la promesa de que un agente hará mi trabajo, sino lo rápido que se ha vuelto barato probar. Antes una idea así costaba un proyecto; hoy la montas una tarde y la tiras si no vale. Lo que no me creo es el salto directo de la demo a la empresa entera: entre las dos cosas hay permisos, personas revisando y una factura mensual que casi nadie enseña.
Rubén Marqués
Para quién
- Si diriges una empresa: antes de comprar nada, escribe en una hoja qué tres tareas te gustaría que alguien hiciera sin preguntarte y qué pasaría si las hiciera mal. Esa hoja vale más que cualquier demo.
- Si trabajas en una gestoría, un hotel o un taller: fíjate en las tareas que repites idénticas cada semana y que no requieren juicio. Ahí es donde esto entra primero, y conviene que estés tú en la conversación desde el principio.
Guárdalo
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